domingo, 25 de agosto de 2013

Jean-Michel Basquiat y la cultura pop


Aquel viernes el calor prendía fuego Nueva York, pero Jean-Michel Basquiat no se dio por enterado. Ya era la tarde del 12 de agosto y él dormía en su cuarto: por entonces trabajaba de noche y se quedaba pintando hasta la mañana. Sonó el teléfono y su novia, Kelle Inman, que se encontraba en la planta baja del piso que compartían en el 57 de Great Jones Street, lo atendió. Era Kevin Bray, un amigo de Basquiat con quien el artista pensaba ir a un recital de Run DMC a la noche. Kelle creyó que era buena idea despertarlo. Cuando entró al cuarto lo primero que le impresionó fue el calor: el aire acondicionado se había roto. Buscó a Basquiat en la cama pero no lo encontró: estaba en el piso, acurrucado. Un vómito blanco acompañaba su cuerpo. Kelle lo llamó pero su novio no reaccionó. La joven intuyó que algo andaba mal. Bajó corriendo y llamó a la ambulancia. Antes de llegar al hospital, Jean-Michel Basquiat, el tipo que revolucionó el arte en los ’80, el hombre que gracias a su genio conquistó los sentidos y los bolsillos de esa ciudad, el artista ardiente que interpretó con sus pinceladas y su estilo el pulso urgente de una época colosal y desquiciada, estaba muerto. Se había inyectado heroína –las jeringas con sangre se desparramaban en su cuarto–, pero finalmente lo terminó matando, según la autopsia, un cóctel de opio y cocaína. Fue hace un cuarto de siglo. Tenía 27 años. Era el Rimbaud de la pintura.

EL MESIAS EN LA CALLE

Hijo de un padre haitiano y una madre puertorriqueña, en la obra y en el cuerpo de Basquiat se anida –se sintetiza– buena parte de la historia universal reciente, dibujando, con su pirueta vital, una elipsis temeraria que atraviesa, como un disparo, las paredes de la cultura occidental contemporánea. Sus raíces africanas estallan desde sus cuadros: allí hay angustia y opresión. También sus referentes musicales y deportivos: reyes negros de talento inmaculado. Y, cómo no, su ciudad, esa fascinante lengua de edificios que lo coronó como su nuevo Mesías y que lo llenó de gloria y de basura; de dinero, agobio y adicciones.
Alumno desparejo e inquieto, pero dueño de un talento que sólo necesitaba ponerse en movimiento para fluir, Basquiat no tuvo educación formal en el arte. Su madre le despertó la curiosidad llevándolo a museos, pero ya desde muy chico comenzó a dibujar y pintar sin tregua. A los 19, con unos pocos dólares, tomó la decisión de mudarse a Manhattan. En ese momento –1979– Nueva York era Babilonia, el mejor lugar del mundo para ser un artista. La ciudad palpitaba de nuevos deseos. Bandas como Talking Heads o Blondie le ponían sonido e ilustración al post-punk. De los sótanos negros comenzaba a emanar un ritmo que sería himno urbano: el hip hop. Los hijos del baby boom estaban por tomar las calles y los despachos, los escenarios y los corazones.
Si bien Basquiat nunca perteneció del todo a la cultura grafitera –nunca pintó en subtes–, sí se hizo conocido por sus intervenciones callejeras. Junto a su amigo Al Díaz estampaba frases de corte existencial, a veces delirantes, y las firmaba con el seudónimo SAMO (“Same Old Shit”: “la misma mierda de siempre”), acompañadas con el logo de marca registrada ((c)), una sutil crítica al capitalismo que se convertiría en un clásico de su obra.
A principios de los ’80, el legado de la cultura punk comenzó a filtrarse entre las grietas de un ambiente, el del arte, inmóvil y desencantado. Al tiempo que una nueva corriente, el neoexpresionismo, empezaba a seducir público y crítica, el nombre de SAMO comenzaba a circular con insistencia. Todos querían saber quién era ese críptico garabateador fantasma. En las fiestas se hablaba de él. El Village Voice, un periódico que retrataba la movida neoyorquina, le hizo su primera entrevista. La leyenda se había echado a andar.
Con apenas 20 años, y después de coquetear con la música –junto al actor Vincent Gallo formó un cuarteto llamado Gray en el que tocaba el sintetizador–, Basquiat abandonó a SAMO y comenzó a pintar sin parar, a construir el mito. Recogía de la calle puertas, ventanas y cualquier tipo de dispositivo que pudiera servirle como plataforma para su arte. Coloreaba postales y tarjetas y las vendía por la calle. Había alquilado un departamento de un ambiente con su novia y lo utilizaba como atelier. Era un lugar dantesco. Hasta allí llegó una tarde de 1980 Diego Cortez, un curador y amigo que ya admiraba su obra. Lo acompañaba Jeffrey Deitch, crítico y consultor cultural, autor de Art in America, un libro esencial para entender la época. Aun cuando la presencia de Deitch pudiera representar un honor o incluso una responsabilidad, Basquiat lo recibió con una mezcla de ternura y desdén, dos rasgos característicos. En la carrera de Basquiat, Deitch no sería un hombre cualquiera: ocho años después, en una mañana lluviosa de verano, pronunciaría el responso en el funeral del artista. Aquella tarde Deitch se sorprendió al ver las paredes y hasta la heladera plagada de dibujos. Pero más se sorprendió por el estilo salvaje. “Una demoledora combinación de De Kooning con pintadas subterráneas”, escribiría. Deitch le compró cinco dibujos por 250 dólares. Fue la primera venta de Basquiat y Deitch tuvo que recordarle que firmara la obra.
Para entonces el neoexpresionismo se consolidaba. Muestras y galerías recibían obras de autores jóvenes que empezaban a cautivar a un público que también se transformaba. El arte ya no era consumido –comprado– sólo por la alta burguesía, sino por una nueva generación de profesionales arrogantes y hedonistas, surgidos de la clase media, que buscaban decorar sus reciclados lofts. En ese contexto, la irrupción de Basquiat tuvo la fuerza de un relámpago que iluminó y resignificó la pintura. Con él volvió el primitivismo, con él nació el estilo Basquiat. Esqueletos, figuras abstractas, calaveras, palabras, colores vivos, cultura negra: todos esos elementos se fusionaban para pergeñar una obra desbordante de pasión y energía primal.
Su nombre comenzó a circular por los pliegues del ambiente. Un pintor italiano, Sandro Chia, factótum del despertar del expresionismo en NY, fue uno de los primeros en reparar en él. “Sus pinturas capturan la espontaneidad y la realidad emocional de la ciudad. Están llenas de elementos disparatados que en apariencia no tienen conexión, pero que por alguna razón, juntos, encajan perfecto”, diría después. Chia recomendó a Basquiat al vendedor italiano Emilio Mazzoli, que de inmediato le compró diez pinturas por cerca de 10 mil dólares y le ofreció hacer una muestra en Modena. Basquiat fue, vendió algunas obras y, en Europa, realizó su primera exhibición pública.
Con apenas 21 años, negro, flaco, lleno de sensibilidad y talento, el irresistible Basquiat era el sabor del futuro. La dueña de una galería del SoHo, Annina Nosei, decidió “adoptarlo”. Basquiat necesitaba dólares para comprar sus materiales y también un lugar donde trabajar. Nosei le ofreció el sótano de su galería y le dio dinero. Mientras JMB comenzaba a producir y a pintar todo el día, Nosei llevaba vendedores y coleccionistas a su galería para que vieran en acción a esa fuerza de la naturaleza, el arrollador paso de ese potrillo hambriento. Pero aquello también le trajo algunos problemas, porque Nosei vendía sus originales no bien Basquiat los finalizaba, lo que molestaba al artista. Empezó a sentirse incómodo. En marzo de 1982, luego de acudir a la primera muestra “solista” de Basquiat en la galería de Nosei, Jeffrey Deitch, el primero que había comprado una obra suya dos años antes, escribió: “Ahí encerrado, Basquiat parece un chico de la calle que es mirado con asombro por la intelligente del arte. Es como si un brillante Lou Reed les cantara sobre heroína a chicos del secundario”.

MADONNA & WARHOL

De esa época data una de sus primeras grandes obras, Per Capita, un trabajo seminal en el que, rodeado de palabras, un boxeador negro sostiene una antorcha que flamea con fuerza. Nunca admitido por Basquiat, es probable que se tratara de Mohammed Ali, por la marca Everlast en los pantalones. Su obra pareció profética: quince años después, con JMB ya muerto, un crepuscular Ali sostendría la antorcha con la que se inauguraron los Juegos Olímpicos de Atlanta ’96. Fue uno de los momentos más emotivos de la historia del deporte.
Basquiat se cansó del dominio de Nosei –“No quiero ser una mascota del arte”– y abandonó el lugar. Siguió pintando sin parar. Entre fines de 1982 y 1983 realizó algunos de sus trabajos más decisivos. En ellos asoma otro elemento omnipresente en su obra: la música. Los nombres y las siluetas de figuras legendarias y agónicas como Jimi Hendrix, Miles Davis, Dizzy Gillespie y especialmente Charlie Parker aparecen una y otra vez. Pero al tiempo que sus héroes irrumpían en sus lienzos y que Basquiat se convertía en la bestia pop del arte, en Nueva York otros músicos comenzaban a trasladar la voz de la raza negra del under a la superficie, del guetto al mainstream. Como ocurría con la obra de Basquiat, un naciente hip hop albergaba en sus entrañas el grito atragantado y lacerante de siglos de sometimiento. La diáspora africana encontraba ventrílocuos para su dolor ancestral: cada uno a su modo, Basquiat y el hip hop cumplieron ese rol. En 1983, Henry Geldzahler, curador del Museo Metropolitano de NY, le preguntó a Basquiat si había enojo en su obra. “El 80 por ciento es enojo”, respondió.
Para esa época Basquiat se zambulle –se hunde– en la aristocracia de la noche neoyorquina. En 1983 se vincula con dos personajes imprescindibles de la ciudad: Madonna y Andy Warhol. Con la primera mantiene un romance; el segundo le cambia la vida. No bien lo conoció, Warhol experimentó por Basquiat un sentimiento paternal inapelable que mezcló –confundió– lo emocional con lo profesional. Comenzaron a producir juntos y son varios los que creen que fue el arte de Warhol el más beneficiado. Warhol era el consejero; Basquiat el joven frágil que quería comerse el mundo a tarascones. Pero Warhol era, además, el gran apóstol de la época, quien mejor interpretaba el sentido del arte de su tiempo. “Para tener éxito un artista debe presentar su obra en una buena galería por la misma razón por la que Dior jamás estrenaría su colección en un local de poca categoría”, decía. Pragmatismo y codicia en una década bañada por la plata dulce de Wall Street. Era la consagración del placer material, la era Reagan. Sólo en 1983 en Nueva York se invirtieron 2 mil millones de dólares en arte. Por eso mismo, tal vez, Basquiat temía que lo suyo fuera pasajero. “Tengo miedo de ser apenas un fogonazo de la moda”, le decía a Warhol. Se hicieron íntimos, la clase de relación que trasciende lo corporal. A veces, eran las 4 de la mañana y sonaba el teléfono en lo de Warhol: Basquiat lo llamaba desde Roma y llevaba cuatro días sin dormir. Otras veces Warhol notaba, alarmado, cómo Basquiat se desdibujaba bajo los efectos de la heroína. “Una tarde se agachó para atarse los cordones y permaneció en esa posición cinco minutos, quieto”, recordaría en sus diarios, donde se puede apreciar la desmesura del discípulo. Allí se lee, entre otras cosas, que el piso de su departamento estaba tapizado de billetes de 100 dólares arrugados y obras recién pintadas. Warhol recuerda la cara de estupor de los maîtres de los restaurantes cuando Basquiat, sin mirar el menú, les pedía “el champagne más caro”.
Pero la entronización definitiva ocurrió el 10 de febrero de 1985. Ese día, ataviado con un traje Armani con el que solía pintar, Basquiat ocupó la tapa de la revista dominical de The New York Times. Un largo artículo radiografiaba el vertiginoso ascenso de Basquiat (“Hace sólo cinco años dormía de prestado en el sofá de sus amigos”) y detallaba los pormenores de un mercado, el del arte, en furiosa expansión. Algunos especialistas se permitían dudar sobre la perdurabilidad de Basquiat, algo entendible en un ambiente que se toma su tiempo para elevar al Olimpo a sus nuevas figuras y que, en este caso, estaba venerando a un artista de sólo 24 años. Basquiat tenía la ciudad a sus pies, lo cual, paradójicamente, también potenciaba su vulnerabilidad. Si bien fue el artista que mejor capturó el espíritu de su tiempo, él trascendió las fronteras del neoexpresionismo para crear un estilo único. “Era un artista que podía conjugar una exuberante espontaneidad con un firme dominio de los fundamentos del arte”, explica Marc Mayer, curador de una retrospectiva suya en el Museo de Brooklyn en 2005. Mayer cree que Basquiat era mucho más que “un talento adecuado que se desplegó en el momento justo. También era alguien con un profundo conocimiento y una enorme sed de más, alguien que utilizó su arte para obtener más conocimiento aún y para procesar todo lo que sabía sobre la historia de su raza”.
Para mediados de los ’80, sus cuadros se vendían de a decenas y se cotizaban entre 10 mil y 25 mil dólares. El pintaba todos los días. “Eso es lo único que me interesa hacer, además de levantarme chicas. Además, si no pinto, a los pocos días me aburro”, decía en un reportaje. Con el mercado llegando a su cenit –para esa época Nueva York albergaba más de 450 galerías de arte, contra las 70 que tenía a comienzos de los ’70–, la vida artística de Basquiat volvió a dar un vuelco cuando tomó distancia de Warhol. Según una versión, en septiembre de 1985 Basquiat decidió escapar de la factoría luego de que una crítica de The New York Times considerara que su trabajo, influenciado por Warhol, se había vuelto demasiado obvio. John Russell, el autor de la reseña, aconsejaba a Basquiat alejarse. Así lo hizo.

EL FUEGO INOLVIDABLE

Sus obras ya eran vendidas y exhibidas en todos lados: Japón, Suecia, Alemania, el mundo. Convertido en celebridad, el éxito y el dinero exacerbaron el desasosiego en Basquiat. Comenzó a experimentar sensaciones encontradas, como si todo eso que había provocado lo volviese un esclavo. Odiaba ese mundo en el que se veía inserto: “Está lleno de mercenarios que se quieren hacer ricos lo más rápido posible”. Se volvió más irritable, más desconfiado. La droga, claro, no ayudaba. “Tomo drogas para mantener la concentración”, se excusaba, pero todos sabían que esa espiral sólo lo conduciría al abismo. Para obtener algo de calma, viajó unos meses a Hawai con su padre y su novia. En la isla fue feliz, abandonó las drogas y pintó. Pero al poco tiempo de regresar recibió una noticia devastadora: Warhol había muerto. Era 1987 y si bien estaban alejados, la muerte de su “padrino” lo sumió en una profunda depresión. Oscurecido por las drogas, sus cuadros se volvieron más espaciosos, más grandes y también más ominosos. Las apelaciones a la muerte comenzaron a aparecer repetidamente en ellos. Taciturno, cualquier crítica lo exasperaba. Su estrella comenzaba a declinar.
Viajó a Los Angeles, donde solía ir para trabajar tranquilo. Pero seguía mal: creía que su carrera estaba terminada. De regreso a Nueva York, sus días estaban contados. Al poco tiempo murió, dejando más de mil cuadros –algunos se venden en más de 40 millones de dólares–, más de mil dibujos y una peripecia vital inigualable, que incluye el hecho de haber colonizado el mercado blanco a través de su indagación de la experiencia negra. Su arte –agresivo, inmediato, crudo– auscultó en las profundidades y en las contradicciones del sistema. Fue un ángel crispado y fatal que se quemó con su propio e inolvidable fuego.
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-9064-2013-08-23.html

domingo, 4 de agosto de 2013

Kemble en el Malba



"Kemble por Kemble" es el título de la muestra, una selección de 32 obras producidas entre 1953 y 1995, basada en textos, archivos, documentos y cartas personales del artista -promotor de muchas de las experiencias más audaces de los años 60- con la idea de seleccionar aquellas obras sobre las que él mismo escribió.
 
Hijo de padre escocés y madre alemana, Kemble nació en Buenos Aires en 1923, estudió con el pintor Raúl Russo en 1950, luego con André Lhote en París, y en su regreso a Buenos Aires (1956) fue uno de los fundadores del movimiento informalista, en el que “un grupo de artistas se planteó acabar con las reglas del buen gusto en el arte argentino”, en palabras de la curadora Florencia Battiti.
 
Kemble -"un tipo muy culto, inteligente, bilingüe y además muy guapo”- comenzó a trabajar en sus pinturas o collage con trapos de piso, arpillera, material de lija, maderas, chapas, papeles y toda clase de materiales toscos y vulgares, con la idea de salirse de la práctica artística tradicional, en una actitud realmente transgresora.
 
Cuando exhibió en galería Lirolay -epicentro de la vanguardia en los años 60-, un buzón sobre una tarima junto a la leyenda “Buzón de recolección de fondos pro hogar para gatos desamparados”, “la gente le dejaba toda clase de mensajes: `tonto`, `tarado`, `esto salió del cerebro de una cucaracha`... era una pieza provocadora para la época, era rara”, dispara Battiti.
 
Fue justamente en la galería Lirolay, sobre la calle Florida, donde vio la luz la experiencia colectiva “Arte destructivo” (1961) -emblemática en la historia argentina- impulsada por Kemble, junto a Jorge López Anaya, Antonio Seguí, Silvia Torrás, Eduardo Barilari, Luis Wells y el fotógrafo Jorge Roiger y cuyo registro documental se puede ver en el centro de la sala, en un cubo blanco especial.
 
“Como curadora, me basé en seguirle las huellas a Kemble, en sus propios textos -como crítico- y sus propias decisiones -como curador- Y así aparece una carta dirigida a un tal Federico fechada en 1972, donde le cuenta su desarrollo artístico. Esa carta sirvió para estructurar la primera mitad de la muestra”, explicó a Télam Battiti, durante una recorrida exclusiva, antes de la apertura.
 
“Todo el tiempo, Kemble escribe y `mapea` su propio trabajo en la historia del arte. El se escribía prácticamente todas sus exposiciones. No le daba lugar a la crítica de la época que hablara de su trabajo, no estaba de acuerdo con lo que la critica decía de su trabajo y cómo historiografiaba su obra, entonces él se ocupaba de eso”, desgrana Battiti. 


“A Kemble le molestaba que algunos amateurs opinaran alegremente y no sólo eso; que tuvieran gravitación sobre la carrera de un artista y lo dice de forma clara como en ésta obra `Gol` -señala Battiti frente a una esfera de clavos-, es homenaje a Eduardo Baliari, quien antes de dedicarse a la crítica de arte era periodista deportivo, por eso el nombre de la obra”.
 
Lo cierto es que la famosa carta que Kemble le escribe a “Federico” menciona una veintena de obras que van contando su desarrollo artístico desde fines de los 50 a la fecha (1972) -“una suerte de curaduría implícita”-, y que Battiti recuperó una por una -algunas guardadas en carpetas, nunca antes exhibidas, otra en un museo de Entre Ríos, otras de colecciones privadas- para adornar ahora las paredes del museo.
 
La segunda mitad de la exposición requirió de un exhaustivo análisis por parte de la curadora, quien se sumergió en toda clase de documentos y papeles para establecer aquellas obras que Kemble seleccionaba una y otra vez en todas sus muestras y catálogos, desde la fecha de la famosa carta hasta prácticamente su muerte.
 
El proyecto "Kemble por Kemble" contempla tres instancias que funcionan como piezas de un mismo engranaje conceptual -detalla Battiti-: la edición de dos libros que reúnen escritos de Kemble y la realización de la presente exposición.
 
Así, en abril de 2012, fueron publicados "Entre el pincel y la Underwood. Kenneth Kemble, crítico de arte del Buenos Aires Herald", a cargo de Florencia Battiti y "Kenneth Kemble, y Escritos. Prólogos, artículos, entrevistas 1961-1998", recopilados por Justo Pastor Mellado. Este último contó con el apoyo del fondo editorial de Malba.
 
La muestra, que -a modo de homenaje- coincide con los quince años del fallecimiento del artista y los 90 de su nacimiento, se podrá visitar desde el viernes y hasta el 2 de septiembre en el primer piso del museo de Avenida Figueroa Alcorta 3415, entrada 40 pesos (miércoles 20).

Fuente: http://www.telam.com.ar/notas/201307/24548-el-malba-aborda-el-derrotero-de-un-artista-innovador-y-desafiante.html

miércoles, 31 de julio de 2013

Scott Dave, la suciedad del automóvil hecha arte.


Una de las muchas formas de contaminación es el polvo, la materia fina que conocemos con ese nombre son partículas sólidas que cubren como un manto, aparentemente invisible, a las personas y objetos que habitan el lugar donde vivimos. La acumulación del polvo genera capas gruesas que comúnmente llamamos suciedad y ésta a su vez, impregna a diversos objetos como los autos. Cuando este polvo cubre los coches, dejamos escapar nuestra imaginación para hacer simples dibujillos que engalanen el vehículo en cuestión, otros, los más osados, no dudan en “recordar” de manera siempre cordial a los dueños del auto la importancia de la limpieza, pero Scott Wade utiliza como lienzo las ventanillas traseras de los autos, el resultado: impresionantes cuadros donde la pintura es el polvo y el pincel la mano del artista.


La técnica de Scott es sencilla, sólo necesita un juego de pinceles y la obra a desarrollar representada en una hoja de papel. El artista comienza por aprovechar la suciedad acumulada en el auto donde creará su obra o por ensuciar él mismo el coche. Con ésta segunda, Scott empieza limpiando con un paño el área que va a trabajar para posteriormente añadir un poco de aceite de almendra con la finalidad de que el polvo se adhiera lo más uniformemente, después, con ayuda de una secadora para el cabello, el artista esparce una especie de arena que cubra la ventanilla del coche hasta lograr una capa lisa que sirva como lienzo; finalmente, Scott empieza a dibujar sobre su nuevo lienzo, trazando primero las siluetas del dibujo a realizar para posteriormente, “limpiar” con un pincel más grueso las áreas que den forma a su obra.

Este pintor ha ganado enorme popularidad en su natal Texas por su habilidad para utilizar el polvo como materia prima de sus cuadros. Dirty Car Art es el nombre con el que se le ha llamado al arte de Scott, quien por lo innovador de su técnica y la destreza que posee para desarrollar sus pinturas, ha participado en diversos spots publicitarios con los que ha obtenido reconocimiento como artista del polvo.


El ingenio de Scott lo ha llevado a recrear famosas pinturas que incluyen obras como La joven de la perla; de Johan Vermeer, La Mona Lisa; de Leonardo Da Vinci, El Rapto; de Miguel Ángel o retratos de jóvenes figuras contemporáneas como el futbolista Ronaldinho.

Scott tarda de cuarenta minutos a cuatro horas en realizar una pintura, desafortunadamente el arte de este pintor es efímero pues la lluvia, el viento o la degradación natural que se produce con el tiempo, borra los cuadros del artista, quien no tarda mucho en comenzar a producir una nueva pieza.


Si se tiene que encasillar a Scott en una disciplina, definitivamente es la pintura, él pinta con la tierra, hace arte del polvo, utiliza los parabrisas como el lienzo, la suciedad como pintura y con los pinceles obtiene tonalidades distintas, luces y sombras que imprimen profundidad a sus cuadros para que dejen de ser el polvo que cubre el auto.

Fuente: http://culturacolectiva.com/scott-wade-polvo-eres-y-en-cuadro-te-convertiras/ 

martes, 25 de junio de 2013

55 Bienal de Venecia: Dibujos de Jung, Xul Solar y mucho más


Más allá del revuelo que llegó a provocar la primera presentación argentina en Pabellón propio, lo cierto es que la 55 Bienal de Venecia que ocupa casi toda la ciudad hasta el 24 de noviembre, incluidos los tradicionales pabellones de Giardini de Castello, y los más recientemente incorporados espacios del Arsenal, luce como una de las ediciones más sólidas de la última década. Sobre todo por el equilibrio –bastante infrecuente– que se da entre los envíos nacionales y la Muestra Internacional que, desde 1998, se encarga a un curador para que articule una investigación sobre un tema específico y a partir de él, una selección de artistas.
Este año el designado fue el crítico de arte y curador italiano Massimiliano Gioni, quien eligió como título El Palacio enciclopédico (foto). Un tema que remite a la desmesura imaginada por Marino Auriti, artista autodidacta italo norteamericano, quien a mediados de la década del cincuenta registró en la oficina de patentes de los Estados Unidos un proyecto de museo imaginario que aspiraba a albergar todo el conocimiento humano, desde la rueda a la máquina a vapor, o la evolución de la escritura. Y aunque la empresa nunca se concretó, Auriti llegó a diseñar una maqueta del edificio de setecientos metros de alto que imaginó como la sede de semejante museo.
Trasladada a Venecia desde los Estados Unidos, la maqueta abre de manera imponente el capítulo de la muestra internacional que se exhibe en el Arsenal. Si bien la idea de Palacio Enciclopédico apunta a múltiples perspectivas, sobrevuela la noción de archivo o catálogo infinito de signos que en muchos sentidos sintoniza con el concepto rector de la última Bienal de San Pablo. De hecho alguno de los artistas que participaron de ella, como el brasileño Artur Bispo do Rosario y el maestro de la Costa de Marfil, Federic Bruly Bouabréestán, están también en Venecia. Y como en San Pablo, Gioni puso el acento en ladisolución de límites y en los vínculos interdisciplinarios. Pero sobre todo, en la falta de distinción entre el artista profesional y el creador que opera por fuera del sistema.
La muestra se abre en el Pabellón Central ( ex Italia) de Giardini con la presentación del libro Rojo de Jung, una obra con dibujos en la que el célebre psicólogo trabajó por más de quince años. Es sorprendente la afinidad que muestran estas imágenes con las de Xul Solar. No es extraño entonces que el, amigo de Borges, que estuvo en Alemania en la segunda década del siglo XX haya sido incluido con sus Tarot, suAjedrez y sus minuciosos registros de diarios en un espacio especial al ingreso de los Giardini.
Además de Xul Solar, para la muestra central, Gioni convocó a Varda Caivano, pintora argentina que desde los años noventa vive en Londres. En la edición anterior había sido Amalia Pica, otra joven argentina residente en Inglaterra que participó en un ámbito similar. El tercer argentino, además de Nicola Costantino representante oficial en el pabellón argentino, que participa de la Bienal es Guillermo Srodek-Hart que con su “Carpintería Colonna” (foto) integra la muestra El atlas del imperio, que curó el alemán AlfonsHug –ex curador de San Pablo y la Bienal del Fin del Mundo –con artistas de América latina y Europa, en el pabellón del Instituto Italo Latinoamericano.
Como pocas veces antes los envíos de países muestran una intensidad muy pareja. Muchos coinciden en reflejar una honda preocupación por el curso de los acontecimientos en un mundo que parece acercarse al colapso en muchos sentidos. Algunos lo expresan desde una visión política dura, como el de Inglaterra, en la corrosiva visión del “ser inglés” que concibió Jeremy Deller en English Magic o una más conmovedora y poética como Lettter to a refusing pilot, de Akram Zaatari en el pabellón del Líbano. Otros, desde la crítica de costumbres, como Resistance en el turco o desde la necesidad de poner atención en lo que ocurre con la depredación del medio y la conservación de la naturaleza, como los Árboles caído s de Antti Laitinen en el de Finlandia, los de Lara Almarcegui en el Pabellón de España o Alfredo Jaar en el de Chile. Lo cierto es que los pabellones más interesantes son aquellos que desde visiones poéticas reflejan una profunda inquietud por lo que se hace o se deja hacer por el mundo que tenemos Y además, están los eventos y exhibiciones colaterales que son muchísimos y llenan al visitante de ansiedad, ya que resulta imposible abarcarlos todos. Entre las más importantes: Cuando las actitudes devienen formas, que recrea en la Fundación Prada la célebre muestra que organizó Harald Szeeman en Berna en 1969 y la muestra de Tapies en el Palacio Fortuny, Además un imperdible histórico: Manet en Venecia que rastrea los vínculos entre esta ciudad y el gran artista francés con piezas claves como la Olympia junto a la Venus de Tiziano y El almuerzo campestre en el Palacio Ducal.
Fuente: http://www.clarin.com/sociedad/Bienal-Venecia-debate-culto-crisis_0_943705669.html

sábado, 15 de junio de 2013

Eduardo Úrculo, pop español a 10 años de su muerte


Eduardo Úrculo fue un pintor que «aprendió a mirar lo cotidiano de una manera diferente» e hizo del sombrero su sello personal también en grabados y esculturas, que ahora se muestran en una exposición que le recuerda una década después de su muerte. «Hizo del sombrero su símbolo, aunque no pudo cumplir su gran sueño, exponer en Nueva York y comerse la Gran Manzana», recordabaYoann Úrculo, hijo del artista, durante la presentación de la exposición que el Espacio de las Artes de Madrid dedica a uno de los artistas más reconocidos del Pop Art español.

Un artista que empezó en la pintura «casi por aburrimiento», según recuerda su hijo: «A los catorce años se puso enfermo de bronquitis y, como solo podía estar en la cama y poco más, se dedicó a pintar. Cuatro años más tarde ya hizo su primera exposición».

Un artista muy cercano a la gente

Un total de 40 piezas inéditas de grabado y escultura completan esta exposición en Madrid. Los precios de los grabados oscilan entre los 800 y 4.000 euros y las esculturas presentadas en Madrid cuestan a partir de 30.000 euros. Pero el homenaje se extiende a más de 300 obras repartidas por los espacios dedicados al arte en los centros de El Corte Inglés de toda España. Y es que, como explica la directora del Espacio de las Artes, María Porto, Úrculo «era alguien que quería estar muy cerca de la gente, y le gustaba que su arte se viera. Yo digo que los artistas son visionarios que ven cosas que los demás no vemos».
El artista pasó por varias etapas: comenzó en el mundo de la pintura social, exploró el erotismo del cuerpo femenino, el simbolismo del pop, y justo antes de su muerte retornó al cubismo. Falleció el 31 de marzo de 2003, después de una comida en la Residencia de Estudiantes de Madrid. «Su obra está tan presente en nuestra vida, en el Retiro, despidiéndonos y dándonos la bienvenida en Atocha... que me parece mentira que ya hayan pasado 10 años», comenta María Porto.
Fuente: http://www.abc.es/cultura/arte/20130529/abci-urculo-201305282041.html

domingo, 19 de mayo de 2013

Dr.Lakra, tatoo, arte y mucho más


Jerónimo López Ramírez, conocido como Dr.LAKRA, es un artista nacido en la ciudad de Oaxaca en 1972.
Hijo del pintor Oaxaqueño Francisco Toledo y la antropóloga mexicana Elias Ramirez Castañeda. Se ha dado a conocer en differences partes del mundo, con distintas exposiciones como Stolen Bike en la galería Andrew Kreps en Nueva York;Los Dos Amigos, expuesta en MACO en México; Pin Up ,en el Tate Modern en Londres; y Pierced Hearts and True Love, en el Drawing Center de Nueva York.
Con influencias de ilustradores como José Guadalupe Posadas, creador de la famosa ilustración de La Catrina y algunas otras ilustraciones conmemorativas en el Día de Muertos en México, Dr Lakra crea imágenes polémicas a partir de la intervención de materiales gráficos de figuras políticas, luchadores, ídolos del cine de los años 50's y modelos retro.
Sus obras cuentan con diseño de diversas culturas, con una gran gama de símbolos que van desde las pandillas urbanas, hasta culturas prehispánicas. Con un lenguaje que pareciera místico o ancestral, envuelve diseños maori, tahitianos, cholos, maras, elementos de cómics y diseños de pandillas, que sin duda, representan una mezcla de tradiciones y estilos para así formar una nueva expresión.
Lo macabro es uno de los atributos de la obra de Dr. Lakra, pues no únicamente se trata de "tatuar" imágenes y objetos de antaño, sino de transformarlas para poderlas percibir en un ambiente y naturaleza diferentes, retando a las costumbres y estructuras sociales tradicionales.
Los tatuajes forman parte esencial de la vida y obra del artista, pues no solamente entinta la piel humana, sino que esto lo ha llevado a trabajar con materiales y objetos que van desde libros y muros, hasta muñecas de plástico o porcelana.
Expuso, entre otros sitios,  en el Museo de la Ciudad de México su obra Receta de Tatuajes, en donde expuso más de 70 piezas artísticas. 
Fuente:  http://www.mezclandotradiciones.com/artista.php?id=13

miércoles, 1 de mayo de 2013

Antonio de Felipe y el pop art en el cartel de La Mar de Músicas 2013


El artista valenciano Antonio de Felipe, uno de los representantes actuales del movimiento 'Pop art', ha sido el encargado de diseñar el cartel anunciador de la 19ª edición de La Mar de Músicas de Cartagena.
El cartel es una versión adaptada de una obra de las obras del autor que representa el mar, la música, sus personajes más característicos y un homenaje a Joaquín Sorolla, en el año del 150 Aniversario del nacimiento del genial artista mediterráneo.
De Felipe engrosa la lista de pintores y fotógrafos que ya han colaborado en la creación de la imagen del festival como Miquel Barceló, Joan Fontcuberta, Guillermo Pérez Villalta, Chema Madoz, Oscar Mariné, Angel Mateo Charris, Dora Catarineu, Javier de Juan, Alberto García Alix, El Hortelano, Ouka Leele. Ceesepe y Javier Mariscal.
Licenciado en la Facultad de Bellas Artes de esta ciudad por la década del 80, es un artista multidisciplinar que no sólo se dedicó a la pintura o a la escultura, sino que también incursionó en distintos campos, como por ejemplo colaboró con Pedro Almodóvar en la película 'Carne Trémula', creó una vajilla para la firma Santa Clara y colaboró con importantes publicaciones como ByN Dominical (revista dominical del diario ABC), El País, El Magazine del diario El Mundo, Marie Claire, Elle y la revista Rolling Stone, entre otras.
Se destaca en el arte Pop, rindiendo homenaje al mundo de la publicidad, del cine o de la pintura barroca española. En su obra aparecen representaciones de los objetos más cotidianos, los productos de gran consumo y los iconos de la cultura de masas.
Tampoco se olvida de hacer referencia a los grandes pintores clásicos como Velázquez, al que dedicó toda una serie en sus comienzos; Munch, reinventa 'El grito' sustituyendo al personaje principal por el rey de los monos; o Picasso, en cuyas 'Señoritas de Avinyò' inserta a los mitos más sensuales del Hollywood clásico.
De Felipe ha desarrollado su extensa obra en diferentes series, alguna de las cuales ha logrado constituirse en punto de referencia, convirtiéndole en uno de los artistas mas imitados del país, informa la organización.
Su carrera lo ha convertido en el pintor 'Pop' de referencia en el mundo, ya que "es el único representante español en la exposición sobre Marilyn Monroe 'Life as a legend', que ha recorrido importantes ciudades europeas como Londres, Estambul, Madrid, Lisboa o Helsinki, y de Estados Unidos como Chicago y Dallas y que, en la actualidad, se encuentra en Canadá".
Asimismo, Antonio de Felipe forma parte del movimiento 'Les noveaux Pop' junto con artistas de otros países vinculados al mundo del Pop y con los que también está realizando numerosas exposiciones.
En sus más de 20 años de intensa trayectoria profesional Antonio de Felipe ha realizado más de 70 exposiciones individuales, tanto en España como en el extranjero, y otras tantas colectivas. A esta presencia nacional e internacional se suma su participación en ferias como Arco, ART Cologne, Art Paris, ART Brussels, ST-ART Strasbourg, o KIAF (Korea International Art Fair), marcos de referencia para conocer las últimas tendencias artísticas.
Fuente: http://www.laopiniondemurcia.es/cartagena/2013/04/22/artista-antonio-felipe-disena-cartel-mar-musicas-2013/464952.html